Camino sobre esas calles mojadas acariciadas con gotas de a montones, observando deliberadamente las luces de la noche, dirigiéndome quien sabe donde, ni con que fin, ¿O si lo sé inconscientemente?
Sólo siento que el silencio me acompaña y el aura de un ángel también guía mis pasos, esclareciendo de a poco que lo que busco es la añoranza de un recuerdo.
Lo sé un momento imborrable aún con estaciones de la vida ya dejadas en este viaje.
Sigo esas farolas cual girasoles en un día de pleno sol, con el frío deslizándose por mis mejillas y de lado el mar imponente testigo mudo de mí recorrido. Mi mente en plena conexión con el entorno…y nada más; como si sirviera todo ello de combustible para mi alma, recargándome.
Mis pasos continúan avanzando mientras la rambla se hace infinita y se cruzan como cortos de cine las escenas de personas acurrucadas en la magia de la noche; tal vez compartiendo un café que fogueé sus siluetas, o esos besos primerizos escondidos en escalones de portales cerrados cómplices.
Los dedos de mi mano definitivamente fríos abrigados por telas negras que son una especie de cobija y aún así durmiendo en mis bolsillos. Están relajadas pero firmes, conscientes de la temperatura reinante del camino.
Siento mis zapatos como agua de estanque en su puntal, pero aún así constantes en su afán de protección de las ruedas de mi cuerpo.
Aún así continúo la búsqueda, hasta llegar al frente de su casa casi pisando la arena húmeda mimetizándose con el recuerdo, lejano de su belleza pasada, sabiendo bien que allí la alquimia existió pero hoy ya no; de ningún modo puedo evitar reprimirlo, tal vez porque no lo deseo y es probable que si bien sea sólo un recuerdo me permita esa noche darle esa mueca de nostalgia a mi alma y ese rubor en mi rostro satisfecho de saber que aunque sea lo he vivido, que tal vez si no lo hubiese intentado toda esta historia no existiría.
Cebra Tríptico
Hace 14 años
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